domingo, 5 de diciembre de 2010

La Cena de Conquista

Por Rodolfo
Cada golpe del cuchillo en la tabla va a la par de sus latidos. Al sólo imaginar la futura presencia del invitado su corazón se acelera y los cortes también, hasta terminar la zanahoria en una serie de rodajas dispuestas en la fuente. Es una cena especial y ella lo sabe.

Toma los cebollines y continúa el mismo ejercicio pero esta vez los ojos de Matilde se llenan de lágrimas. La emoción del amor con historias desafortunadas. Su primer marido muerto tempranamente. Otro desaparecido después de un mes viviendo juntos y una serie de encuentros, más bien, desencuentros con extraños. En esta oportunidad parece ser distinto: una gran apuesta al amor eterno.

Al terminar con los cebollines, Matilde va hacia la mesa del comedor. Chequea que todo esté en su lugar. El mantel sin ninguna arruga. Sobre él dos individuales, uno frente al otro. Las servilletas enrolladas celosamente y atadas con una fina cinta. Tres copas para cada puesto. El vino tinto ya destapado y a temperatura perfecta. El vino blanco en un hermoso balde con agua helada. Los servicios bien posicionados y una vela que será la luz de la cena. Corrige las posiciones de las sillas y vuelve a la cocina.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Café con Tostadas con Mantequilla

En el hospital, es un secreto a voces que el jefe de servicio y su secretaria dejan correr sus emociones en la oficina. Y la función como administrativo me ha posibilitado un nuevo puesto de trabajo junto a aquella funcionaria, a sólo unos metros del lugar de los hechos.
Innumerables veces se han encerrado, por largos minutos, a tratar “aspectos del trabajo”. Después de observar los distintos peinados con que sale la secretaria de la oficina, seguramente por buscar el azúcar, calentar el agua o batir la leche, está más que claro que el típico café mañanero viene con más de algún “agregado”.

martes, 7 de septiembre de 2010

El Champagne y la Trompeta

   Es noche de actuación y ojalá que sea tan buena como la anterior. Buscando por los rincones de mi camerino, encuentro mi traje diminuto de lentejuelas y un hermoso abrigo burdeo traído de Paris, ¡SI!, de la mismísima Francia. ¿Qué se creen ustedes que yo soy de la malas?... Soy la más distinguida de este burdel. No sólo satisfago a mis clientes, también bailo y canto. La Maripepa me dicen pero no por mi rostro, el mío es más hermoso, sino por mis largas piernas, la envidia de todas éstas colegas de acá.
   Ayer conseguí un inglés, lindos labios aunque desabrido el resto. De torpes manos, hablaba muy poco español y de vez en cuando se le escuchaba un “Oooo, mai god”. Obvio, si yo también le pego al inglés y como soy la más bella, todos los gringos se fijan en mí.

miércoles, 18 de agosto de 2010

El Viaje

   Nuestros cuerpos estaban muy cerca, su aliento me sedujo, susurró algo en mi oído y la suave brisa impregnada me hizo sentir un increíble escalofrío que recorrió desde la punta de mis pies hasta mi cabeza.
   Éramos dos cuerpos unidos por el fervor de las almas. Fue así como aquella mujer tomó la iniciativa, llevando su mano a mi brazo, el cual recorrió lentamente, centímetro a centímetro, hasta llegar al hombro.
   En un momento, su mano voló hacia mi cuello, aprisionándolo fuerte y al unísono su boca se fundió con la mía. Nuestras piernas se entrelazaron, con un brazo rodeé su cintura y mi otra mano fue a llegar hasta su pecho, cuando… ¡PAF!... Súbitamente recibí una inmensa cachetada que me lanzó hasta mi asiento pero aún con mi mano aferrada al sostén. El viaje en bus había sido un poco extenso y a la anciana sentada al lado no le pareció muy agradable mi sueño.

sábado, 7 de agosto de 2010

Entre Rejas

   Aquí permanezco, lejos de mi familia. Estar entre rejas es angustiante, más aún cuando el espacio que tengo es reducido y con dificultad logro avanzar en círculos. De impotencia me he automutilado y cuando la exasperación domina, comienzo a golpear y morder los metales cilíndricos, esperando que en algún momento cedan su infranqueable solidez.
   El agua es reducida pero suficiente, y debo extraerla de un insólito tubo dispuesto en uno de los costados. Cuando siento frío me arrincono, respirando lo menos posible para conservar el calor, y si deseo dormir, froto las heridas de mi pálido cuerpo hasta que mis ojos encarnados se cierran.
   A corta distancia, gracias a una luz tenue, logro ver unos tipos vestidos de blanco, con sus rostros cubiertos. Cada cierto tiempo me fuerzan a tragar un líquido asqueroso. Me invade la debilidad y las nauseas y pierdo la conciencia desagradable y lentamente.
   Sin embargo, debo reconocer que son mi único y esporádico contacto amable, en el momento que uno de ellos grita: “¡Es hora de alimentar al conejo!”.